lunes, 30 de septiembre de 2013

Mirada poderosa

Anunciacion
Fra Angelico

Mirada poderosa que derrota
el alma en el suspiro de la noche.
Así miran Tus ojos frente al mundo,
vacío de esperanza por los muertos.

Metidos de cerveza en el Infierno,
las calles se han perdido de basura.

¿Quién limpia el suelo del rastrojo muerto?
¿Quién salva a los ruidos del silencio?
¿Quién pierde la cerveza sin mentiras?
¿Quién muere en la vida los amigos?

Mirada poderosa de la noche,
tu limpias, salvas, pierdes y te mueres
por los borrachos de la fiesta falsa.

Un nuevo día que se acerca cauto
por aquel horizonte sin estrellas
fundando esa luz de tu milenio,
mudando de alegría y de tristeza.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Madre mía


 PINTURA MADRE - NIÑO DE PICASSO


A Elvira Díaz Lorente

Los páramos de siempre y olvidados
son tuyos, madre mía de mis ojos.
La soledad de pájaro sin vuelo,
la muerte, te ha hecho presa sin saberlo.

Pero yo, madre mía, yo te salvo,
cabalgando con las riendas mi silencio.

Que nadie se interponga en mi camino
si corro a tu presencia con mis pasos,
que mato con la espada de mi nombre,
que mato con la espada de mi sueño.


jueves, 26 de septiembre de 2013

Tu memoria


A Cristina Sánchez Moreno 
y nuestros amores olvidados

Te besaría a tí con todo el alma
si no tuviera veinte de fisura.
¿Memoria, por qué guardas todavía
mis pasos, mis dolores, cuesta arriba?

El velo de los grises más vitales
se rasga en el recuerdo de tu nombre.
¡Recuerdos de tus manos por mi vida!

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Manifiesto de los amigos de paseo


ENCUENTROS-BAR-BARES-AMIGOS-PINTURA-PINTURAS-ERNEST DESCALS-PINTOR
Amigos en café
Ernest Decals

¡Rechazo coberturas de la carne,
coberturas de mi espíritu olvidado!
¿Quién mira al espíritu olvidado?
¿Quién ama la obsesión de un pobre loco?
¿Quién pierde todo hueso por mi nombre?
¿Quién duele en mi dolor toda mi muerte?

Mis monstruos son la espada y el escudo,
amores imposibles en batalla,
los valles de esta muerte dolorida,
mujeres que no aman mis palabras.

¡Os digo la verdad, que es esta pena, 
la pena de un amigo de paseo,
corazón regalado a los cualquiera!

martes, 27 de agosto de 2013

Soy duro, lo sé


Fuente de Duchamps

Yo también soy un maestro de las apariencias. Hace tiempo que renuncié a dar mi verdadera cara a los demás. Hasta hace poco. Por eso, me imagino que odio tanto “el postureo” y el “gafapastismo”, al snobismo y la adicción al decoro y las buenas maneras.

Un ejemplo es el mundo pijo-universitario. El pijo-universitario comienza el día con el “guasap” y termina la noche con el “guasap”. No puede evitar salir de casa sin soltar miradas salvajes a demás chicas de su especie. Intenta ligar o “caer bien” al menos. Se pasea por la universidad buscando fumarse un cigarro con un amigo salvaje que aparece entre los pasillos de la biblioteca. El pijo-universitario finge tener una sonrisa de oreja a oreja, coquetea con todas las chicas del patio y ninguna le echa cuenta. Se para a hablar con cualquiera, ávido de una conversación plastificada. Se echa al tiempo, para que le conduzca a historias interesantes, a nuevas amistades rellenas de crema barata de repostería. “Caigo bien”. Ríen por fuera y se lamentan por dentro.

Algunas personas conocen ya mi pasión por la crítica mordaz  y ácida al “cursi gafapastas”, que nadie le ha dicho que de culto y de sabio no tiene nada. Tiene la pinta de un “gilipollas” que no puede ni con su rostro. Llevarlo encima, digo, llevar encima tanta mentira y patetismo entre las cejas, la barbilla y la nuca. El “gafapastas” vive un mundo de ficciones que no existe. Es una especie de adicto a la vida “chupiguay” del dinero, la televisión, Internet y el activismo político. Lo mismo te defiende el aborto que te lo critica. Es un acérrimo defensor del voto. Es un pésimo representante de la dignidad humana. Lo digo porque habla mucho y hace poco. Eso de la “generosidad” está muy bien. Para el hombre, piensa, pero no para mí. ¿Yo, dar mi dinero, mi tiempo, mi vida... por los demás? Se ríe. Es para verlo. Lleva pulseritas en la muñeca en contra del racismo pero es incapaz de hablar con el negro que pide en el semáforo. “¡Ah no, no tengo dinero, perdona!”, dice.

Soy duro, lo sé. Pero no opinéis tan rápido aquellos que no me conozcáis en esta faceta violenta. En verdad, soy duro conmigo mismo. Yo soy así en parte. Yo soy aquel que se dedica a pasearse por los pasillos, yo soy aquel pedante gafapastas que no puede dejar de quedar como un "culti-capullo". Yo soy el primero que vivo el mundo de la comodidad y me quejo si me ponen ensaladilla rusa en la comida porque la odio. Soy duro, lo sé, pero lo soy conmigo mismo también.

No puedo evitar preguntarme si podemos seguir viviendo entre tanta tontería. Vivimos nuestra vida como si fuera un juguete. Como si pudiera permitirme vivirla en broma, como si fuera eterna aquí en la tierra. Os lo digo muy claro, pues llevo varios días pensando profundamente en esto: la vida se acaba en el momento menos pensado. No es que haya que aprovecharla. Frente a la muerte no vale el dinero, el rendimiento introspectivo o alguna suerte de palabreja de auto-ayuda. La vida ha de ser el reflejo de algo más grande. Muchos empezamos el curso en pocos días. Otros ya estáis en medio del trabajo, la alegría y la mierda diaria. ¿Qué haremos con nuestra vida a partir de mañana? ¡AMAR! ¡QUERER! ¡COMPARTIR! ¡BESAR! ¡CORRER! ¡LLORAR! ¡SUFRIR! ¡Vivir una vida autentica! Que no es vivir con una plenitud emocional parecida a la de los anuncios de colesterol. Hablo de responsabilidad, de amplitud de miras, de cuidar de los amigos, de sacrificio, de holocausto, de fuego, de morir por los demás, de estudiar, de rezar, de adorar a Dios, de compremeterse por nuestro país, por nuestro pueblo. Hablo de renunciar a la piedad pija del católico piadosillo que el domingo va a misa y el lunes se harta de criticar. Hablo de renunciar del mundo, porque no pertenecemos a él los hombres libres, y sacar a todos nuestros amigos de la mierda de un ambiente que se va al carajo. Soy duro, lo sé. 

viernes, 23 de agosto de 2013

Paisajes de tempestad y de agua

La vuelta al colegio
Jesús Sanz

Ver un paisaje lluvioso es una de las experiencias más conmovedoras. Las gotas que caen del cielo regando el cemento o la hierba; el barro ensuciando los zapatos; los pies empapados; el pelo mojado y la cara cubierta de gotas de lluvia. Ver un paisaje lluvioso es sentir la naturaleza en tu cuerpo; andar hasta la desolación y la luz; hundir tus pies en el asfalto y la tierra; caminar hasta donde no hay rumbo, pensando en que será de ese mundo decadente y perdido; cantar bajo la lluvia y que piensen que estás loco; deprimirte por el futuro y amar el presente de manera desconsolada. ¡Tocar! La lluvia y pasear son dos realidades hermanas en la mente de Dios.


A veces puede parecer que ver llover desde casa, tras una ventana, es mejor. Es verdad que es más cómodo, pero no más real ni más bello. La lluvia hay que tocarla con los dedos de los pies y de las manos. Para saber que es la lluvia hay que mojarse. Del mismo modo en que el frío no se mira, sino que se toca; la lluvia hay que resfriarla por dentro. Si miramos el frío, lo que vemos es el hielo, las partículas que dejan de agitarse por falta de energía térmica. Si miramos la lluvia, solo vemos el agua. El invierno y el otoño son contextos que se viven en la piel y no en la retina. Para conocer la esencia de las cosas es necesario acercarse. Para saber qué es un cuchillo, hay que cortar cebolla o acuchillarse. El paisaje lluvioso es lluvioso porque está mojado. El hombre lluvioso es aquel que no corre por miedo a resfriarse. Si corre bajo la lluvia es porque danza al cielo y lo disimula. Si corre bajo la lluvia, ama el agua y quiere más gotas en su rostro.  

Por eso, son los niños los que saben de verdad cual es la naturaleza de la tempestad y del agua. No dudan en ignorar a sus padres para jugar al balón bajo la lluvia y mancharse de barro. La ropa sucia y la fiebre no entran en la risa de un niño bajo la lluvia. Están horas y horas en la orilla de los mares., haciendo diques de arena. Los adultos, que temen la humedad y el silencio, permanecen bajo el techo o en la arena caliente, hasta que el calor o el paraguas les alcanza. Los niños sencillos, que quieren jugar, les da igual resfriarse.

miércoles, 21 de agosto de 2013

¿Qué me enseñó mi abuela?


Mi abuela era una de las mujeres más guapas que he visto en mi vida. La recuerdo como la conocí: una señora con el pelo blanco y rizado, unas mejillas hinchadas de sonrisas y un vientre grande que dio a luz a siete hijos. A plena vista era la transfiguración de una vejez que no es vejez siquiera, pues podían pasar 80 años y el pelo blanco no diría nada en contra de su belleza más oculta. Era la feminidad engendrada. Nada de feminismos machistas ni de mojigaterías. Mi abuela no era tonta sino una mujer de verdad. Mujer de esas que toman la vida “por los cuernos” y se hacen respetar no por el “mal genio” sino por la capacidad que tienen de amar a los demás y de hacer la vida agradable a los que tienen a su alrededor.

La echo de menos a cada segundo que pasa. Y el problema se agrava. Si recuerdo aquellas veces en las que no fui a verla porque estaba aquí sentado, frente al ordenador, no puedo evitar sentirme culpable. Estaba en la casa de al lado. No puedo disfrutar ahora de su presencia, de sus años, de sus enfermedades, de sus ojos y sus manos suaves. Ahora está oculta tras un velo de muerte. Pero no me interpretéis en clave trágica. Todo velo se desvela. Cuando me llegue la hora, no habrá tragedia para mí. Veré a los muertos, pues seré uno de ellos. Y en verdad, estaré más vivo que los que campan por la tierra. Hoy no hablo de la irreversibilidad de la muerte o de la vida eterna.

Mi abuela me enseñó muchísimas cosas. Entre ellas la belleza que tiene no hablar mal de nadie. Decía un sacerdote amigo de la familia que nunca le oyó soltar una crítica a maldad. Pocas personas pueden presumir de eso. Yo no puedo. Sin embargo, lo más valioso me lo enseñó en el ataúd.

A mi abuela la vi muerta. Primero en el hospital, por la mañana, al enterarnos que había fallecido por la madrugada. El día anterior había tenido una parada cardiorespiratoria. Mi hermano y yo habíamos recorrido media España para verla. Y llegamos al garaje cuando sonó el teléfono. “La abuela está en parada...”, dijo mi padre. “¡Ay mi madre, pobrecita... mi madre!”, lloraba su hija. Mi hermano y yo no pudimos evitar echar unas cuantas lágrimas. Y no me da vergüenza decir que yo lloraba como un niño pequeño. No se me olvidará jamás aquel contraste entre los minutos anteriores y aquel preciso instante. Por un momento pensamos que saldría adelante. No fue así. El fiasco de mientras llegábamos al hospital se extendió durante todo aquel día. Mis tíos, mis primos llegaban. Todos a lágrima tendida. Era mi abuela, la santa, la más buena de la familia, la que se estaba muriendo. La que parecía inmortal, aun con los trotes de la vida, estaba muriéndose.

La vi muerta en la cama del hospital al día siguiente y, también, en el tanatorio. Allí estaba: muerta. Antes viva. Ahora no. Puede parecer evidente, pero cuando lo vives no se hace tan lógico. ¿Por qué se muere la gente? No lo sé. Lo único de lo que estoy seguro es que vivimos esta vida con un final. Siempre pensamos en la muerte como algo patrimonio exclusivo de los demás y del hombre en general. ¿Pero morirme yo? ¿Qué hacer con la vida cuando experimentamos que dentro de unos minutos, unos días o unos años estaremos muertos? Esa pregunta me la enseñó mi abuela. En el ataúd. Hoy hace un año y siete meses de su muerte. La echo de menos. Ya no está conmigo. Las tonterías de “está contigo cuidándote”, a mi no me sirven. Estará en el cielo mirándome, pero yo estoy aquí, sin ella.